Crítica de “Valentina o la serenidad”

Por Astrid García Oseguera

Cortesía FICM

Crítica de “Valentina o la serenidad”: los colores de duelo

Inexplicable y desgarradora, la muerte es siempre una desagradable sorpresa. Provoca una sensación de vacío abismal que se puede sentir físicamente en el cuerpo: una patada en el estómago, la sangre se torna fría, las rodillas se debilitan. Pareciera que podemos sentir la neuroplasticidad en el cerebro desdibujando dolorosamente la manera en que percibimos la realidad. 

Valentina (Danae Ahuja Aparicio) se enteró que su papá había muerto mientras jugaba entre la tierra y los árboles. Su cuerpo la traicionó, como si éste supiera perfectamente lo que pasaba mientras su mente asustada negaba la realidad: en sus pies comenzó a formarse un pequeño charco al tiempo que se derrumbaba su configuración del mundo. En ese momento no comprendió por qué su papá, que solamente había salido del pueblo a comprarle una muñeca, no regresaría más. 

La confusión de Valentina se tornó en enojo y después en desolación. Mientras ella se aferraba a la idea de que su papá regresaría, los demás transitaban hacia una de las partes más terribles del duelo: la despedida final. Los rituales en torno a la muerte de su padre se hicieron presentes en medio de su perplejidad: la música, las noches de rezos, las fogatas y el entierro se entrelazaron para dar inicio a una nueva vida, una que ella no estaba dispuesta (ni lista) para aceptar. 

El segundo largometraje de Ángeles Cruz es un recorrido por la ausencia y cómo impacta en la vida de quienes se quedan. En Valentina o la serenidad acompañamos a la pequeña en uno de los viajes más inciertos que nos regala la vida, el de la aceptación de la pérdida. El éxodo en el que acompañamos a la protagonista es un vaivén de emociones que se manifiestan libremente como los juegos de la infancia, esos en los que se refugia Valentina tras ver una parte de su vida resquebrajarse.

En esta historia, el duelo de Valentina, aunque es el motor que da sentido al relato, no es el único que se explora. Cruz también explora el dolor desde la adultez, a través de la perspectiva de su madre (Myriam Bravo, quien también produce la cinta). En contraste con la confusión de Valentina, para su ella la muerte abre una puerta a lo incierto y a un particular dolor lleno de desesperanza y miedo por ver a su hija hundirse, primero en la negación y después en la agonía de extrañar. Morir representa una incertidumbre incomprensible a cualquier edad.


Tras cinco producciones (tres cortos y dos largometrajes), Ángeles Cruz ha forjado un estilo único: desmenuza la tristeza desde el interior, se aleja de explosivas escenas para instalarse en una narración desde los silencios, la espera y la nostalgia. Su cine tiene la peculiaridad de ser potente y delicado porque retrata con sensibilidad lo vulnerable de la pérdida, el dolor, la contención y el pesar. 

En esta historia, la de Valentina y su familia, lo hace desde la inocencia sin ser condescendiente con la infancia. Para Cruz, el juego y las fantasías tejen una historia sobre los colores que adquiere el duelo, lo hace desde la mirada de una pequeña que poco a poco se funde con los elementos que la rodean: las montañas, los árboles, el agua que corre, los animales que habitan y, también, a través del cielo, que cambia tanto como sus emociones, se torna negro, denso y frío; en ocasiones es celeste y sereno; en otras alberga una tormenta. El elemento de inocencia que representa Valentina permite a la película jugar con un elemento mágico que permanece y amortigua la tristeza de ver a una niña deambular en el dolor. 

Cruz añade un motivo esperanzador a la trama, el mixteco se convierte en su lenguaje del amor: la pequeña encontrará consuelo en la permanencia de las palabras que, aunque cuando su papá vivía a ella no le interesaban aprender, ahora se transforman en ese bálsamo al corazón que, con ayuda del tesoro más grande, el amor de la comunidad y la entereza de la familia y el poder de la amistad, representada con el pequeño Pedro (Alexander Gadiel Mendoza Sanchéz), podrá atravesar el umbral más doloroso del duelo: la aceptación.

A lo largo de la película, observamos en diversos momentos a las hormigas en la naturaleza, una representación que parece no ser gratuita, pues, aunque son pequeñas, pueden levantar hasta cien veces su peso, son criaturas de comunidad: cuando una muere, se organizan para cargar su cadáver y transportarlo a otro sitio: representan trabajo en equipo y unión. 

El duelo tiene muchas caras: explota, destroza sin piedad, pero también reconstruye y ayuda a florecer. Como en su cortometraje de 2012, La tiricia o cómo curar la tristeza, en Valentina o la serenidad, la historia culmina con una hermosa escena, donde se representa cómo ese el lazo que nos une a nuestra madre termina siendo la respuesta al dolor, un remanso de paz, la posibilidad de renacer, la serenidad de seguir sintiendo. Al final nos queda la vida, que vale la pena abrazar y compartirla.

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