Por Karim Aleixandre Rajme
«Mi ojo es mi corazón», escuchamos a Pola Weiss decir al inicio de su pieza Mi co-ra-zón (1986). Luego de eso, frente a nosotros, se encadena una serie de imágenes que hacen visible el dolor del cuerpo, las grietas de los edificios, las rupturas de las palabras, las cosas que parecen escindidas. El contexto reflejado es el terremoto en México de 1985 y un aborto que Weiss había sufrido durante su participación en la Bienal de Venecia. Curiosamente, todo eso que parece irreparable cobra sentido en un montaje que contrapone restos de imágenes filosas a un flujo de colores vibrantes, ritmos dinámicos e imágenes yuxtapuestas a manera de collage o de dobles exposiciones que hacen que las piezas se peguen y muten, que ese dolor tenga cabida. Eso es el cine de Pola Weiss, una imagen que afecta porque busca palpitar en lo que tiene vida; en el cuerpo que se vuelve un canal emocional. Un ojo que no solo registra, sino que integra lo íntimo en aquello que parece lejano.

Alejandra Arrieta se dio a una difícil tarea: abrir el baúl de los recuerdos de la videoartista, es decir, acceder al fondo Pola Weiss del centro de documentación ARKHEIA del Museo Universitario de Arte Contemporáneo de la UNAM, a los archivos de TV UNAM y a hurgar en todas esas huellas de la artista. En esa exploración buscó cómo entender las piezas y cómo volverían a cobrar vida. Ese resultado es Pola Weiss documental (2023).
Trabajar con Weiss como personaje, como creadora, como memoria, es complejo, pues Weiss era su propia pregunta artística y también su propio proyecto. Escritos, grabaciones familiares, bocetos, correspondencias e incluso obras que se preservan en el archivo no solventan las dudas sobre quién fue Pola Weiss, pues hay tantos caminos y tantas contradicciones que querer ser un detective clásico entre las pruebas sería inútil. Alejandra Arrieta tampoco llega a la respuesta, lo cual es un acierto; más bien comprende que debe poner a Pola en el centro, que debe dejar que algo inaprensible fluya de nuevo y quebrar los discursos que se han fijado alrededor de la artista: el discurso de la locura, el discurso de una mera excentricidad sin mayor fondo. La obra de Weiss no es un capricho del ego; es un pilar del videoarte en México, pero también de un videoarte autorreferencial, donde se entiende que los medios masivos y sus lenguajes son parte de una construcción y una percepción de lo identitario. Ya no hay manera de verse en un purismo y hay que enfrentarse al filtro televisivo o, en su defecto, al filtro actual de las redes sociales.
En Pola Weiss documental (2023) se reconstruye el lenguaje visual de la artista por medio de glitches, animaciones, coreografías y transiciones; es como habitar un zapping televisivo a través de la vida de Pola. Sin embargo, considero que el sitio donde se observa la mayor fidelidad hacia su estilo es en haber decidido darle una voz; sacar sus diarios y hacer que se leyeran en voz alta, cabe decir, a través de una IA que crea una voz similar a la de Weiss. Mientras tanto, personas allegadas a Pola recuerdan, analizan y admiran su imagen y trayectoria. Las entrevistas nos permiten reconocer lo multifacética y lo desbordante que fue como persona, pero su voz, que insiste a lo largo del documental, nos recuerda que la piedra angular para descubrirla es dejar que hable, que se exprese. Y es precisamente en esa lectura de los diarios donde se revela una Pola comprometida con acercarse a la raíz de su vida, pero también una gran lectora de varios teóricos y una gran observadora del mundo que la rodea. Weiss escribe con lucidez, rebeldía y detalle; sus obras son resultado de un registro riguroso que opta por no irse hacia lo más avalado académicamente, sino por darle ese peso y ese rigor a lo emotivo y lo mainstream.

Pareciera que explorarse a una misma es una tarea más sencilla que explorar ideas y conceptos más explícitamente sociales o políticos, pero la obra de Pola deja ver que ni siquiera el lenguaje es suficiente para nombrar nuestros adentros. Cuando se accede al universo que llevamos dentro, un espejo se mira frente a otro, desplegando un juego de infinitas capas que pierden una forma definida. Es así como Alejandra Arrieta articula también el documental: las transiciones entre lo biográfico, lo anecdótico, el comentario estético e incluso los acontecimientos históricos se intercalan y se enciman. Cabe decir que todo esto en su conjunto no se percibe dispar, sino como un solo movimiento. Pareciera que la narrativa es solamente una biografía en orden cronológico, pero es más bien la ilusión que generan fragmentos encontrados al alimentar los varios ángulos de una sola vida tan desbordante. Pola era muchas Polas, incluso para sí misma. Es delirante pensar que la misma mujer actuó para David Lynch, corrió múltiples maratones, participó en la campaña política de Salinas de Gortari, aprendió a bucear, improvisó piezas de video en celebraciones familiares y exploró los formatos televisivos y el arte digital al mismo nivel que Nam June Paik y Shigeko Kubota.
Queda claro que Pola Weiss documental (2023) no es un trabajo que busca poner el punto final y determinar la mirada de los espectadores sobre esta artista. El documental es otro peldaño y una insistencia para que el archivo y la historia de Weiss queden abiertos y se acceda a ellos en sus varias posibilidades de estudio, de análisis y de experimentación. En un desvío de esa búsqueda de una obra original, de tramas épicas y personajes suprahumanos, el trabajo de archivo nos recuerda que todo está sujeto a ser contado y ser visto de nuevo. Pola Weiss documental (2023) nos invita a ver todos esos materiales con ese ojo-corazón propio de Weiss, volver a pasar la historia con una sensibilidad abierta que se deja afectar y sorprender.

