Por Fabiola Santiago

«Las acusaciones de violencia de género destruyen carreras”, dicen quienes temen más por la trayectoria de hombres que consideran brillantes que por la seguridad de las mujeres que los denuncian.
Cuando se hizo público que el actor Johnny Depp fue acusado por violencia de género, la incredulidad y desdén del público se generalizó. ¿Cómo podría ser posible? Si es tan buen actor, tan carismático, tan talentoso. Como si el talento fuera una virtud que garantiza la decencia humana; como si una mujer que alza la voz no tuviera que atravesar el dolor para hacerlo; como si señalar abiertamente una agresión fuera un cheque en blanco para las denunciantes y no una espiral de revictimización y angustia.
El documental Silenced (dir. Selina Miles) da seguimiento a varios casos de denuncia que surgieron en el marco del movimiento #MeToo y da testimonio de la violencia que los acusados continuaron ejerciendo, al utilizar leyes de difamación para silenciar a las denunciantes. De una manera mucho más velada y disfrazada de mecanismo legal, la revancha de los acusados ha tomado la forma de juicios costosos, desgastantes y agresivos para mujeres que han tenido el atrevimiento de hablar.
La directora Selina Miles retoma tres casos emblemáticos desde distintos rincones del mundo para ejemplificar el carácter global de este fenómeno. Además, se apoya en la abogada de derechos humanos Jennifer Robinson, quien funge como amalgama de estas historias.
En Australia, el testimonio es de Brittany Higgins, quien denunció abuso sexual en el Parlamento en los inicios de su carrera y como consecuencia fue demandada por difamación; en un juicio desigual, enfrentando persecución mediática y acoso de la opinión pública, el proceso ha deteriorado no solo las finanzas sino también la salud mental de Higgins. En Latinoamérica se recurre al testimonio de la periodista colombiana (radicada en México) Catalina Ruiz-Navarro, quien publicó una investigación en la revista Volcánicas sobre ocho mujeres denunciando al laureado cineasta Ciro Guerra por diversas agresiones (posteriormente se sumó otro testimonio); en un intento por forzarla a revelar los nombres de las mujeres que aportaron sus testimonios, el director de El abrazo de la serpiente y Pájaros de verano emprendió acciones legales en tres tribunales, con lo que ha puesto en riesgo no solo la seguridad emocional y económica de Ruiz-Navarro y su equipo, sino también su libertad de expresión y su ejercicio como periodista. El eje más potente (y con certeza el punto más polémico) del documental, es el famoso caso de Johnny Depp contra Amber Heard; la abogada Robinson expone algunos matices ahogados en la avalancha mediática que favoreció a Depp, como la revelación de que más de medio millón de expresiones violentas en redes sociales venían de bots (¿pagados por quién?), pero una cantidad similar venía de personas reales publicando manifestaciones de odio y misoginia hacia Heard.
Al inicio de la cinta, Miles intenta construir una alegoría sobre la violencia ejercida hacia las mujeres a lo largo de la historia haciendo uso de planos de la abogada Robinson contemplando obras de arte en donde las mujeres lucen sometidas o ignoradas; también graba una conversación entre Robinson y su abuela en donde ésta deja ver que poco ha cambiado. Momentos como estos entorpecen un poco el montaje, pues resultan un tanto artificiales y sobreexplicativos para una narrativa que se cuenta sola. Por el contrario, el documental encuentra su fuerza en la edición conjunta de los casos que aborda, así como la recolección de muchos otros momentos representativos de las crecientes muestras de violencia de género en tiempos recientes como los rape chats, el caso de Gisele Pelicot, los feminicidios, P. Diddy, Justin Baldoni vs. Blake Lively…un golpe de situaciones que enfrentan al espectador con una realidad innegable.
Aún así, la perspectiva del documental no logrará cambiar las opiniones de quienes de entrada tienen un juicio (favorecedor) sobre Johnny Depp, Guerra, o cualquiera de los acusados; y es que sin pretender una objetividad (imposible e inexistente en la práctica), Silenced no busca construir un documental “balanceado” mostrando ambas versiones de estos casos (de la versión empática hacia los acusados ya se han encargado la prensa mainstream, las redes sociales, la opinión pública), sino que se posiciona firme del lado de las víctimas. Otro gran acierto de la dirección y el montaje es que no deja a las entrevistadas en la fase de víctimas, sino que se ocupa de darles dimensión a sus historias y ofrece vistazos a otras facetas más cotidianas y luminosas de sus vidas. Ellas no son solo la violencia que atravesaron, sino mujeres que salen con sus amigas, estudian, van al carnaval, pasean en el parque y, dentro de todo, siguen peleando por un mundo más amable.
Y aunque este documental no cambie opiniones, su crudeza es un recordatorio de que sí, la lucha por alzar la voz es desgastante y quizá infinita, pero es una tarea que solo nosotras podemos realizar. Silenced nos invita a seguir hablando.
