Crítica de «Todo documento de civilización»: descubrir el pulso de la (no) imagen

Por Karim Aleixandre Rajme

Antes Muerto Cine

EXT. CIUDAD – NOCHE 

El sonido de los autos es más fuerte que cualquier palabra. Tus ojos no alcanzan a retener la velocidad de un tránsito incansable, interminable. Tu cuerpo perdido entre luces que desvanecen su contorno en un destello de astigmatismo.

Corres y los espacios grises llenos de basura se mezclan con las estructuras de metal y el pavimento; todo se mezcla con la noche. La ciudad nunca termina, ni su ritmo, solamente se vuelve un temblor indistinguible en la imagen que te arrastra.

FUNDIDO A NEGRO

En esa imagen habitamos. En esa ciudad que se nos vuelve niebla de tanta información, desborde y desecho. Ahí se pretende que construyamos la vida, que sigamos adelante entre el trabajo, la escuela y la casa. Éste no es un caso aislado, es el estado que hemos vuelto cotidianidad y que imprimimos en el cuerpo. Una imagen relativa de existencia, cuando aquello que nos rodea deja de significar y sólo sucede. Ahí donde todos los gatos son pardos, toda forma de vida es también dispensable. 

La directora argentina Tatiana Mazú González interrumpe ese suceso, terrible y cotidiano —la carrera del progreso— y, como exploradora de un mundo que insiste en no ser sólo ruina, planta su cámara en medio de un cruce de la periferia de Buenos Aires, en la Avenida General Paz y la Avenida Emilio Castro. De allí brota Todo documento de civilización (2024), su tercer largometraje como directora solista en compañía del colectivo cinematográfico Antes Muerto Cine. De ese estar y observar cobra forma también la historia, la lucha y el recuerdo de Luciano Arruga, un joven agredido y desaparecido por la Policía Federal en el barrio donde existe esa intersección de avenidas y que paradójicamente se llama Mataderos. 

Nada surge de la nada. Ya lo anticipa la cita de la cual cobra inspiración el título de la película; parte de la tesis VII de las Tesis sobre la historia de Walter Benjamin: “No hay documento de cultura que no sea a la vez un documento de barbarie” (2008, p.42). Es así que Mazú no nos cuenta una historia en su largometraje, no nos relata un hecho, no nos devuelve una representación de la violencia; después de todo cómo podría una desaparición adaptarse a los arcos narrativos del relato, cómo ver dónde empieza y dónde termina cuando irrumpe en el tiempo y lo deja eternamente marcado. Opta entonces por insistir en la mirada, por no asumir el discurso ya dicho, ya oficializado, ya incorporado y descubrir en ese repaso lo que queda, es decir, las condiciones. Graba las calles desde un ángulo, desde otro, en directo y en Google Maps, lo que las rodea, quienes pasan; quedan las banquetas destrozadas del conurbano, la propaganda política medio deshecha, los vendedores ambulantes, las luces de la estación de policía, el ruido de llantas veloces y de las baladas que suenan desde los autos. De a poco la barbarie que han abanderado las llamadas democracias se descubre. 

La desaparición de Luciano Arruga deja de ser un hecho aislado, deja de ser también la palabra abstracta “violencia”, “Estado”, “desaparición forzada”, “periferia”, “marginal”. Se vuelve territorio, se vuelve lugar y en ello se vuelve colectivo, público; cobra forma en lo concreto y complejo de un cruce de avenidas. Mazú, a su vez, se vuelve parte de ese espacio. Deja de lado una figura de directora que la posicionaría por encima de su registro para ser una espectadora activa al ras del suelo y cuestionar, incluso cuestionarse a sí misma. Mazú no graba de frente, no se siente con el derecho de dar la forma última. Así se permite quedarse sin imagen, dar cuenta de que hay lugares a los que no puede acceder; se permite dudar, desviar la vista, no ser clara. En su filme también se percibe una forma de impotencia, el arrebato de la mirada ante algo atroz que supera lo imaginable, no se justifica este vacío. Muchas pausas, muchos fondos negros apenas destellantes que nos confrontan con la ausencia. Sin embargo, de ese no ir sólo hacia la imagen, de reconocer que hay cosas que no sólo debemos aceptar como ciertas, surge una forma de posibilidad. El negro que se decide sostener se acompaña de la voz de la madre de Luciano y así ella de pronto se vuelve el todo, la vía alternativa que es susurro para construir otra realidad aún por verse.

La de Mazú no es una pretensión teórica; vuelve la premisa benjaminiana una práctica de lo sintiente y quizá esa es la mayor potencia de la obra. Si bien se cita a Benjamin, la referencia queda incompleta: todo documento de civilización… Hay un impulso por completar la idea, pero la película se resiste a concluir sólo en la barbarie. Mazú parece hacer caso a otra sugerencia del pensador alemán para generar un revés: “El cronista que hace la relación de los acontecimientos sin distinguir entre los grandes y los pequeños responde con ello a la verdad de que nada de lo que tuvo lugar alguna vez debe darse por perdido para la historia” (Benjamin, 2008, p.37). La omisión y la falta no son una estadía, sino una puerta de entrada al mundo de Luciano y de Mónica Alegre, su madre. No hay una ausencia real y un vacío insondable como aquel en que las lógicas de destrucción buscan sustentar nuestro pesimismo. Luciano vive y lo sentimos cerca porque en la voz de Mónica se descubren sus gustos (la lectura de Julio Verne), sus anhelos (tener un trabajo mejor pagado para ayudar a su familia), sus deseos (sentir el mar entre las manos). La imagen del rostro de Arruga, primero un cartel oculto en la gran ciudad, invade ahora sus esquinas y convoca los pasos que toman las calles y reclaman la presencia y la permanencia de todxs lxs habitantes de la periferia; esas manos de donde ha surgido también todo documento de civilización.  

Entre mundos hostiles y días infatigables nos han borrado del mapa, pero si estamos aquí es porque hemos construido y cuidado la vida contra todo pronóstico. Es esa vida y no otro valor lo que debe seguir hablando para marcar nuestro paso. No vamos a reproducir las lógicas de quienes han querido anularnos; vamos a pausar en medio de la frase, vamos a dejar de ver el pasado sólo con horror, vamos a dejar de esperar las riquezas prometidas y vamos a ir hacia nuestros deseos. Gritan las madres que buscan en México: POR QUÉ LOS BUSCAMOS, PORQUE LOS AMAMOS. Nuestra existencia no es categorizable, ni está respaldada por documentos de facturación y por grandes logros; es el peso de una dignidad tan simple e íntima como la del amor lo que la reclama en su plenitud. 

PANTALLA EN NEGRO

La oscuridad ocupa tu vista. El silencio permite que surja el sonido de tus pasos. Llevas tu palma al pecho, suspiras; ahí está tu corazón, latiendo con insistencia. 

Una mano toca tu hombro. Alguien más camina contigo. Muchxs más caminan contigo, escuchas sus risas y el bullicio de las palabras que intercambian. 

MUJER

Aquí está la orilla. Es sólo el principio.

El sonido del mar, de su suave oleaje. Tus pies sienten la ida y vuelta del agua espumosa.

CORTE A:

Bibliografía

Benjamin, W. (2008). Tesis sobre la historia y otros fragmentos (B. Echeverría, Ed. & Trad.; Primera edición en español). Editorial Itaca. https://archive.org/details/benjamin-walter.-tesis-sobre-la-historia-y-otros-fragmentos-ocr-2008/mode/2up (Obra original publicada en 1942)

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