Crítica de «El secreto del Doctor Grinberg»

Por Karime Alexandre Rajme

Quienes conocen la historia y el enigma de Jacobo Grinberg —psicólogo, escritor y científico mexicano que dedicó su vida a la investigación y dominio de fenómenos considerados paracientíficos—, quieren desentrañar las causas y detalles de su desaparición. Quienes llegamos más tarde al descubrimiento de este misterioso hombre, no podemos dejarlo pasar desapercibido y quisiéramos ser partícipes de la mirada que tenía del mundo y saber por qué al hacer referencia a él la gente responde con cara de sorpresa. Cuando le cuento a conocidos nacidos entre los 60  y  70 —generaciones más jóvenes que el propio Grinberg, pero sumergidos desde su nacimiento en la ola contracultural mexicana y que posiblemente transitaban sus años universitarios en la época en la que el propio doctor dictaba conferencias en la UNAM—  que debo escribir sobre la película El secreto del Doctor Grinberg (Ida Cuellar, 2020), me dicen entusiasmados: “¿A poco ya saben qué le pasó?” o “Yo quiero ver la película; dicen que ya apareció, pero que está en otra dimensión”. También entro a Letterboxd a ver lo que se comenta de la cinta o platico con mi pareja y amigxs y las voces coinciden: quieren leer sus libros y conocer sus investigaciones; como el resto, quieren saber más. Ida Cuéllar, director de la cinta, encontró un personaje hipnotizante y  se permitió, como nosotros, dejarse atrapar por su halo, a la vez que revivía su historia y legado.

Dice Grinberg que el carácter del estudio científico no radica en el objeto estudiado, sino en la forma en la que se estudia dicho objeto o fenómeno, es decir, en su metodología. Por ello, los temas de su interés —el chamanismo, la telepatía, la conciencia, etc.— no debían ser tachados de magia o charlatanería, pues a pesar de no entrar dentro del canon de la investigación científica, los experimentos que ejecutaba en su laboratorio, los registros de las pruebas y la puesta en práctica de sus hipótesis parecían dar otra forma aprehensible a lo que antes entraba solamente en la lupa de lo esotérico o lo espiritual. Ida Cuéllar parece emular esta premisa, pero aplicándola al ámbito artístico en su cinta: el carácter de una película parece también obtenerse de su metodología y no de su temática. Lo que pudo haber sido un mero ejercicio especulativo guiado por notas sensacionalistas y una voice over que resaltara los puntos álgidos en pantalla, es más bien una búsqueda que ejecutaron Cuéllar y su equipo por más de nueve años alrededor del universo Grinberg. Una inmersión que se refleja en escena, no solamente construida por la cercanía que los entrevistados tienen con el caso, sino por los títulos de citas a textos de Grinberg que derivan de las lecturas que el propio realizador llevó a cabo y por el uso de cintas e imágenes del archivo recuperado por el comandante Clemente Padilla, quien estuvo al frente de la investigación del caso Grinberg después de que éste se esfumara sin dejar rastro a finales de 1994. Tomando como piedra angular este último hecho, pero queriendo profundizar en conocer a Grinberg como persona y científico (exponiendo la inestable relación que tenía con las mujeres o resaltando la relación que éste tuvo con su hija Estusha), Cuéllar arma un tablero digno de las películas de detectives para trazar puntos y establecer relaciones.

Llama la atención que, a pesar del riguroso trabajo que hay de por medio, Cuéllar apuesta por darle a la pieza una estética televisiva propia de los programas de ovnis y misterios del History Channel. Considero que esta decisión radica, por un lado, en hacerle honor a esos B sides, a esas formas de expresión como las pulp magazines que se caracterizan por su bajo presupuesto, su apuesta por la hipérbole y, sin duda, por su popularidad y su fácil acceso. Los documentales televisivos son este lado alternativo al clásico documental de arte que apuesta más por evidenciar la estructura racional detrás del tema o la dureza de la realidad política, mientras que estos otros formatos buscan enganchar y entretener. Entremezclando secuencias en VFX de un universo en expansión, recreaciones con actores de cierta escenas, títulos en letras enormes que resaltan y se mueven en pantalla y aproximándose al comandante Padilla como si se tratara de un detective secreto de cualquier otra película de ficción, Cuéllar le da ese toque de familiaridad a su película y allí hace que el espectador pacte con lo que ve y se adentre en las capas que va construyendo la narrativa en vez de tener una actitud contemplativa o incrédula. Cuéllar nos pide con la cámara y el montaje que suspendamos por un momento lo que creemos saber del mundo, pues sólo así podremos dejarnos sorprender. En esta fidelidad hacia lo alternativo, la película no nos obliga a creer en lo que vemos, sino que nos invita a ser partícipes. Por otro lado, el hacer alusión a esta otra cara del ejercicio documental es también un homenaje al propio Grinberg, ya que él mismo siempre se vio obligado a estar situado en ese otro lado de la ciencia, donde lo que hacía no era considerado lo suficientemente científico para muchos. Qué mejor forma de sacar de nuevo a la luz la historia del doctor, que en sus propios términos; situándonos en los entres, en las capas que desestructuran lo que reconocemos como lo real, lo oficial o lo serio.

Curiosamente detrás de esta primera impresión de un documental bien hecho y entretenido, se va articulando otra potencia. El cine también se vale de esos hilos invisibles de los que Jacobo Grinberg jalaba, de esa fuerza que compartimos y que él veía reflejada en una gran conciencia energética y universal. Las hipótesis y las líneas que toca el documental no nada más sugieren un entramado cósmico, de dimensiones extrasensoriales y fuerzas del más allá, sino —y es quizá lo que más impacta— la mediación de las fuerzas que se construyen alrededor de las reglas que rigen nuestro propio mundo. Tal vez podamos descreer de Dios o de la energía cósmica o de los chakras, pero qué desestabilizante se vuelve ver a tu alrededor y reconocer que es posible que la persona con la que te casaste es un completo desconocido o que tus pequeñas acciones cotidianas siempre están bajo la lupa de un gobierno y que posiblemente ni siquiera sean libres. Claro, tampoco es algo que no sepamos, somos testigos de cómo el poder de los gobiernos o el manejo de información es capaz de oscurecer casos tan graves como la desaparición de los 43 y hacer que casos completos de violencia de género o violación a los derechos humanos se vuelvan humo entre las manos. Justamente esto, más allá de la historia particular, es algo que también transmite el documental: estamos edificando la realidad sobre un mundo oscurecido y aún así queremos seguir creyendo en ella, en vez de usar ese escepticismo para buscar nuevas realidades y posibilidades.

El secreto del Doctor Grinberg nos brinda un documental cercano, que nos permite cuestionarnos de una forma flexible y distinta, mas no superficial. No apuesta por generar premisas, sino caminos que al final se queden abiertos para poder hacer uso de la curiosidad y la duda como móviles para mantenernos receptivos; aunque sea por un momento, ver a nuestro alrededor con una nueva mirada.

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