Por Nadia Virgilio

Piel tierra, sangre arena. Surcos y grietas en el cuerpo de un hombre enfermo. Una constelación de cicatrices se asoma ante la inocente mirada de una niña.”¿Cuál es tu secreto?”, pregunta ella. “Atrapé algo”, dice él. “Ohh, can’t anybody see. We’ve got a war to fight, never found our way”, reza Beth Gibbons de fondo, mientras la vida pasa de la completa ternura hacia un punto de inflexión, de esos momentos que pueden cambiar tu rumbo para siempre.
Después de ganar la Palma de Oro en el Festival de Cannes con Titane (2021), la directora francesa Julia Ducournau regresa con Alpha (2025) para plasmar sus obsesiones —la transformación del cuerpo, el despertar sexual— en su cinta más íntima, dando la vuelta al horror corporal para encontrar belleza, en lugar de repulsión, en los cuerpos enfermos.
Alpha (Mélissa Boros, una de las actrices revelación del cine francés) es una adolescente de 13 años que vuelve de una fiesta con una letra tatuada en el brazo, hecho que desencadena una serie de problemas y una crisis familiar, pues circula una enfermedad transmitida por la sangre que endurece progresivamente el cuerpo.
Aún sin conocer los resultados médicos, Alpha comienza a ser rechazada por sus compañeros de escuela. Mientras tanto, su madre (interpretada por Golshifteh Farahani; About Elly, 2009) lidia con la llegada de su hermano Amin (Tahar Rahim; Un profeta, 2009), quien vive con la enfermedad y con su adicción a la heroína.
La narración viaja entre el pasado y el presente, alternando momentos de la historia entre la mamá y su hermano, al tiempo que Alpha intenta darle sentido a lo que los adultos no le explican.
El contagio del miedo
Aunque la enfermedad de Alpha es ficticia, resulta imposible ignorar sus correspondencias con la crisis del sida durante las décadas de 1980 y 1990. La transmisión sanguínea, la relación con el uso compartido de agujas y, sobre todo, el estigma que pesa sobre los pacientes remiten a una época en la que el desconocimiento convirtió el contacto cotidiano, el deseo y la sexualidad en territorios permeados por el miedo.
Sin embargo, Ducournau ha precisado que no pretendía realizar una reconstrucción histórica sobre el VIH. “El tema principal de la película es el contagio del propio miedo. No es una historia sobre el sida como tal”, explicó en entrevista para el Festival de Sitges. Aunque reconoció que el comportamiento social mostrado en pantalla nació de sus recuerdos de aquella época, cuando observó que el mundo se volvía contra un grupo específico y hacía sentir a sus integrantes que merecían estar enfermos. “La sexualidad se convirtió en algo peligroso; ya no estaba ligada al amor, sino que pasó a asociarse directamente con la muerte, el rechazo y el miedo. La homofobia, la xenofobia y la misoginia se dispararon”, recordó la cineasta.
Los compañeros de escuela de Alpha no necesitan una prueba de que ella está enferma, la sospecha basta para excluirla, insultarla y tratar su cuerpo como una amenaza. El prejuicio se propaga más rápido que cualquier virus porque ofrece a quienes se creen sanos una tranquilizadora fantasía de superioridad: si la enfermedad es un castigo por la conducta de alguien, entonces basta con considerarse “distinto” para sentirse a salvo.
La alegoría también dialoga con el presente. Según los datos más recientes de ONUSIDA, en 2025 aproximadamente 40.9 millones de personas vivían con VIH en el mundo y 1.2 millones adquirieron el virus durante ese año. Aunque el acceso a tratamientos antirretrovirales ha cambiado radicalmente el pronóstico, unas 570 mil personas murieron por enfermedades relacionadas con el sida en 2025.
En este sentido, Alpha es una cinta muy actual que recuerda los efectos sociales del estigma que aún persiste. Resulta muy simbólico para mí que el estado en el que terminan los cuerpos enfermos en la película, ya aislados y excluídos, sea el frío.

Amar a alguien que no quiere ser salvado
Un personaje tan entrañable como ambivalente es Amin, quien regresa a la familia con todos los recuerdos que su presencia arrastra. Ducournau evita convertirlo en una figura ejemplar o en un instrumento moralizante: Amin puede ser tierno y cruel, lúcido y autodestructivo; alguien capaz de hacer sentir protegida a su sobrina y, poco después, poner a toda la familia en peligro.
Así, la película observa con especial dureza la experiencia de quienes rodean a una persona con una adicción. La madre de Alpha es simultáneamente hermana, médica, cuidadora y vigilante. Lo alimenta, lo limpia, lo recibe de nuevo después de cada recaída y trata de imponer límites que ella misma termina derribando.
Su amor está acompañado por la culpa: la creencia de que abandonarlo equivaldría a provocar su muerte, aunque sostenerlo indefinidamente también esté destruyendo la vida de ambas. Cada regreso de Amin reorganiza todo, desplaza las necesidades de Alpha y obliga a su hermana a vivir en estado de alerta. Eventualmente, aprende que cuidar no significa controlar y que el afecto, por profundo que sea, no puede reemplazar el tratamiento ni la voluntad de nadie.
Este comportamiento errático de una persona consumida por la adicción se muestra físicamente en el personaje. De hecho, para interpretar a Amin, Tahar Rahim perdió alrededor de 20 kilos bajo supervisión médica. Sobre su preparación, el actor declaró a Fred Film Radio: “Necesitaba experimentar ese vacío que las personas que luchan contra una adicción intentan llenar con el producto”. Esta introspección también lo movilizó, pues Tahar colaboró con una asociación parisina que distribuye material estéril y acompaña a personas consumidoras.
La transformación física de Rahim resulta perturbadora, pero lo más valioso de su trabajo no está en la pérdida de peso; se encuentra en la manera en que Amin conserva destellos de deseo, humor y dignidad dentro de un cuerpo leído por los demás como una ruina. La película puede acercarse peligrosamente a la estetización del sufrimiento, pero la interpretación impide que el personaje quede reducido a una imagen de decadencia.

Un coming of age sobre pérdidas
Para Alpha, crecer significa descubrir que el mundo no tiene respuestas suficientes. Antes de construir una identidad, su escuela ya le ha impuesto otra: la de la niña posiblemente infectada. La adolescencia, etapa en la que cualquier cambio corporal puede sentirse como una anomalía, adquiere aquí una dimensión literal. Un rasguño, una mancha o una grieta pueden desatar el caos. Incluso el deseo adolescente aparece atravesado por la vergüenza: acercarse a otra persona implica preguntarse si el contacto puede causar daño.
A esto se suman los ataques de ansiedad, los silencios de su madre y la presencia de un tío al que recuerda de manera incompleta. Alpha crece rodeada de secretos familiares y comprende que su madre tuvo una vida antes de ella, que Amin ocupa un lugar doloroso en esa historia y que las personas adultas pueden amar de maneras que también lastiman.
La imaginación le permite tolerar lo que todavía no puede nombrar; por eso el filme tiene tintes surrealistas que adoptan la lógica emocional de Alpha que mezclan la realidad con la textura de los sueños. No se trata de una fuga ingenua de la realidad. Imaginar es su forma de traducir el miedo a un lenguaje que puede soportar.
Ducournau tenía una edad cercana a la de la protagonista cuando vivió la expansión del sida. En conversación con Vanity Fair, explicó que la película reflexiona sobre “cómo se transmitió ese miedo y el impacto que tuvo en mi generación”. Alpha, por tanto, no sólo hereda el dolor de su familia: recibe una memoria colectiva en la que el cuerpo, la sexualidad y el contacto quedaron asociados con la posibilidad de morir.
La actuación de Mélissa Boros es orgánica; sostiene esa complejidad sin presentar a Alpha como una adolescente excepcionalmente madura. Su personaje puede ser impulsivo, hostil y contradictorio. Boros conserva en su actuación algo fundamental: el derecho de una niña a no comprender por completo la tragedia que la rodea. Su mirada no ofrece respuestas; registra el instante en que la inocencia deja de ser posible.
La dificultad de despedirse de quien amas
El conflicto más doloroso de Alpha pertenece, quizá, a la madre. Como médica, conoce los límites del cuerpo; como hermana, se niega a aceptarlos. Cuida a personas que están muriendo mientras intenta convencerse de que Amin todavía puede regresar a quien era. La interpretación contenida de Golshifteh Farahani evita que esa resistencia sea leída como simple negación. Sabe lo que va a pasar pero no está preparada.
Despedirse exige aceptar que el amor no concede autoridad sobre la vida ajena. También supone renunciar a una versión futura de la persona amada: el Amin recuperado, saludable y reconciliado que su hermana continúa esperando. El duelo comienza antes de la muerte, en cada recaída y cada desaparición, pero no se completa porque el personaje vuelve una y otra vez. La familia queda atrapada en una sala de espera emocional.
El mármol condensa esta imposibilidad. Quienes mueren no se descomponen ni desaparecen inmediatamente: permanecen convertidos en efigies que todavía pueden ser acariciadas. Ducournau imagina así una fantasía dolorosa para cualquiera que haya perdido a alguien: conservar su forma, aunque ya no pueda responder. Pero también advierte sobre el peligro de esa permanencia. Aferrarse al cuerpo petrificado puede impedir que quienes sobreviven vuelvan a moverse.
La directora ha explicado que el vínculo materno ocupa el centro de la película porque representa una unión de la que nunca nos desprendemos por completo. “Tu madre representa ese lazo simbiótico del que provienes, y nunca desaparece; permanece dentro de ti durante toda tu vida”, dijo al Festival de Sitges. La pregunta de Alpha no es sólo cómo despedirse de una persona, sino cómo emanciparse de los dolores que una generación deposita en la siguiente.
Farahani interpreta ese dilema desde los gestos: el agotamiento de quien ha cuidado demasiado tiempo, la rabia que encubre el miedo y una ternura que sobrevive incluso cuando ya no puede ofrecer una solución. El amor no cura a Amin ni borra el daño sufrido por Alpha. Apenas les permite acompañarse mientras aceptan lo irreversible.
Body horror desde otro lugar
Desde Raw (2016), el cine de Julia Ducournau ha explorado el cuerpo como un territorio en disputa. En esa película, el despertar sexual de una joven coincidía con un apetito caníbal; en Titane, el embarazo y la transformación física desbordaban las fronteras entre lo humano, lo mecánico, el género y la familia. Sus protagonistas habitan cuerpos que cambian sin solicitar permiso y que se resisten a ser explicados únicamente mediante categorías médicas o morales.
Alpha continúa esa búsqueda sobre el cuerpo, aunque la mutación no conduce a una nueva identidad: señala la proximidad de la pérdida. Por ello, estamos ante un body horror menos interesado en provocar impacto que en producir empatía. La propia Ducournau rechaza la rigidez de esa etiqueta. En el Festival de Sitges explicó que no quería repetir el camino de sus películas anteriores y que utilizó las herramientas del género para lograr “una comprensión inmediata” de los pacientes.
Sus imágenes no exhiben la degradación de la carne como espectáculo, vemos la estética de una espalda que comienza a resquebrajarse, las partículas rojizas que escapan de una herida, y los enfermos convertidos prácticamente en esculturas de mármol; cada cuerpo petrificado parece exigir que alguien lo contemple antes de desaparecer.
Alpha funciona como carta de despedida, que atraviesa el dolor de la pérdida con ternura y compasión: crecer es reconocer la fragilidad de los demás y la imposibilidad de salvarlos por completo, sobre todo cuando el peso del tiempo llega. Un reino de recuerdos de quienes amamos, convertidos en polvo.
