Crítica de «Nuestro cuerpo es una estrella que se expande»

Por Daniela Juárez

Uno pensaría que el cine experimental tendría, por definición, una especial atención al proceso. Que la pregunta y la artesanía al intervenir las dimensiones del tiempo, espacio y formas del cine, usándolo más como medio, como excusa incluso, para generar pensamiento a costa de su materialidad, sería prioridad. En otras palabras, que el cine experimental sería más como un canvas con infinitas posibilidades, para explorar la creación de ideas, subvertir o encontrar nuevos lenguajes y producir diferencia en medio de una tradición cinematográfica que incluso en su disrupción se acaba homologando. 

Pero, desafortunadamente, este tipo de cine también se ha convertido en una escuela. Hay imágenes, formatos, materiales que priman, y que son legitimados por encima de otros de manera elitista en festivales y espacios que le tendrían que dar refugio a lo diferente. Domina el fetichismo ante el formato y la necesidad de repetición. O sea, incluso en la disidencia hay normatividad. Muchas veces, me atrevería a decir, heredada de la hetero y la cisnorma, o quizá también de la neurotipicidad. Como una especie de miopía, se siguen patrones para la pertenencia que los cuerpos disidentes esquivan de forma no deliberada (al menos no todo el tiempo). Es por esto que «el cine queer» —no aún como una categoría genérica, sino como una sombrilla que le identifica y agrupa—, es un nuevo aliento en este tipo de cine. 

Rara vez se toman esquemas preestablecidos de montaje y escritura de historias, porque cada cuerpo queer se vive a sí mismo por primera vez. Sin fórmulas, muchas veces, sin referencias siquiera, filmar se vuelve la pregunta en sí misma. En vez de fetichizar el material, éste se vuelve un flotador para mantenerse a ras del agua, sobreviviendo a veces, floreciendo a otras, encontrando en el cine la posibilidad de existencia, de reafirmación o de sanación. Películas como Nuestro cuerpo es una estrella que se expande de Semillites y Tania Hernández Velasco, no solo experimentan con el medio, sino que lo quiebran y lo rehacen.

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A través de materiales varios —crónicas ilustradas, animaciones superpuestas, danzas oscilantes, performances en paisajes salinos y documentación autorreferencial— Semillites y Tania, quienes se presentan como hermanes, dialogan con las historias de sus cuerpos, que han estado atravesadas por la conciencia colectiva de la racialización y el género en México. “Tu cuerpo es del color de la caca”, recuerdan que se les dijo mientras crecían. Pero como personas queer y trans, así como se les ha impuesto una colonización corporal, también conocen de cerca el camino de la autodeterminación. Y esa autonomía se refleja en sus procesos experimentales. 

La película no repite imágenes ni medios ni materiales de formatos validados en el cine experimental. Emerge por su cuenta, buscándose a sí misma, asumiendo los caminos visuales y sonoros que hacen sentido para los cuerpos que ocupan la pantalla. Por esta razón, es difícil encontrar un hilo narrativo, ya que las secuencias simplemente se presentan como variaciones de tal exploración. 

En momentos, vemos a Tania en un set mientras un collage de narices e insectos se coloca por encima de su nariz operada, en un diálogo sobre identidad cultural y memoria ancestral. En otros, Semillites muestra y narra a voz en off una historia ilustrada sobre una semilla trans que es violentada por los paradigmas de género que se imponen. Luego, una animación en 2D nos lleva por historias cibernéticas que vislumbran un aspecto de la identidad desdibujada en esta era: buscar refugios en las comunidades web, vivir dobles identidades, crearnos a nosotres mismes también desde el mundo digital.

Es un documental porque observa y admira las heridas, porque acompaña a la historia personal, y porque le hace preguntas, aunque subjetivas, a los hechos. Pero es mucho más cercano a un performance. Una puesta en escena que permite ficcionar y acentuar creativamente aquello que estos dos hermanos han entendido por sus cuerpos. En esta película, el aspecto cinemático sucede como excusa, posibilita y le da materialidad a un sueño, pero no centra la experiencia, ni la de filmar ni la de expectar. Es solo una forma de movilizar las preguntas, haciéndolas teoría, especulación y, sobre todo, abrazo. Uno que se sienta cercano, que incorpore el movimiento y la continuidad que solo dan la cámara y su consecuente montaje, pero que no lo necesita. Para crear su película, Tania y Semillites solo se necesitan a sí mismes como cuerpos expandidos. 

En entrevista, Tania dice que la película bebió de dos escritoras de ciencia ficción especulativa, Ursula K. Le Guin y Octavia Butler. La primera propone que las historias especulativas podrían ser más como contenedores, espacios que reúnan, sostengan, cuiden y compartan, en lugar de armas, que destruyan, puncen y busquen desenlaces donde haya un vencedor y un vencido. La autora Donna J. Haraway, también en relación a la ficción especulativa, habla de las historias que se tejen como “figuras de cuerda”, encontrando nudos insospechados, colaborando y pensando con otros cuerpos, territorios y formas de vida y pensamiento. Nuestro cuerpo es una estrella que se expande es eso: una comprensión de lo propio a partir de lo colectivo y lo múltiple. Un mapeo de cuerpos queer, colonizados, excluidos, pero también reencontrados y aprendiendo a andar su propio camino. La obertura de la película entrelaza imágenes de paisajes áridos, salinos y urbanos con planos muy cercanos de la piel de los protagonistas, como anunciando que, aunque el documental trate sobre la identidad, no es un monólogo o un autorretrato, es una conversación con el tiempo y espacio que han rodeado la formación de los cuerpos, desestabilizando la cultura, la familiaridad y el parentesco que los ha definido. Reescribir el cuerpo es reescribir el mundo. Y, si es con honestidad, también es reescribir el cine.

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