Por Oralia Torres

Distribuidora: Cine Caníbal
“Solo tenemos que hacer que tu exterior combine con la belleza que cargas al interior”, le dice una bella institutriz a Elvira (Lea Myren), una joven de ojos grandes y azules, rostro redondo y un aparato metálico firme sobre su nariz, enfocado en embellecerla. Para que adelgace, le ofrece un relicario con una cura milagrosa: un huevo de lombriz solitaria. Con lágrimas agradecidas, Elvira lo acepta.
Dentro de las sociedades patriarcales en las que vivimos, uno de los principales preceptos que se impone sobre niñas y mujeres es que sean hermosas y perfectas. La belleza fue y es el poder más accesible para muchas; quien ya lo tiene puede darse el lujo de ocuparse en otras cuestiones, quien no (o siente que no), hará y hace de todo por cumplir el estándar a toda costa. Al igual que otras películas enfocadas en mujeres y su camino hacia la perfección, como Black Swan (2010, dir. Darren Aronofsky), Helter Skelter (2012, dir. Mika Ninagawa) y hasta cierto punto La sustancia (2024, dir. Coralie Fargeat), La hermanastra fea (2025, dir. Emilie Blichfeldt) es una fascinante exploración sobre el viaje autodestructivo de una adolescente hacia la belleza ideal, el único camino para tener una buena vida en un remoto reinado europeo.
El filme es una nueva adaptación del clásico Cenicienta, cuento de hadas con infinidad de versiones a través de las culturas europeas, siendo las más populares la versión de Charles Perrault – historia que inspiró la adaptación animada de cierta productora estadounidense que dominó el imaginario cultural del siglo XX y XXI– y la de los hermanos Grimm, conocida por tener un desenlace violento. La novedad en esta adaptación es que se cuenta desde la perspectiva de la hermanastra de Cenicienta, examinando a través de ella los rígidos estándares de belleza, las trampas del deseo y el terrible sentimiento de nunca ser suficiente.
Con una cara infantil, común para las adolescentes que tienen rostro redondo y mejillas prominentes, Elvira es considerada fea, en especial al compararla con su nueva hermanastra Agnes (Thea Sofie Loch Naess). Elvira, su madre Rebekka (Ane Dahl Torp) y su pequeña hermana Alma (Flo Fagerli) aún no terminan de instalarse en su nuevo hogar cuando el padre fallece repentinamente y descubren que ninguno de los lados familiares tiene dinero; la única forma de salvarse de la ruina es que alguna de las jóvenes se case con alguien rico. La oportunidad llega cuando el heraldo real anuncia que se realizará un baile para que el príncipe elija a su futura esposa. Enamorada del príncipe, a quien idealiza por el libro de poesía que escribió, Elvira sueña con casarse con él y, presionada por su madre y en competencia directa con Agnes, inicia un doloroso y grotesco proceso de transformación para volverse la joven más bella del reino.

El terror en el filme parte de los procedimientos estéticos a los que se somete Elvira, incluyendo una rinoplastia y el consumo de la lombriz, con tal de acercarse al ideal femenino y, así, asegurar su futuro y cumplir sus sueños románticos. En palabras de la brillante escritora Arabelle Sicardi, la belleza es terror, y estamos tan conscientes de ello desde pequeñas que ya no lo vemos como algo peligroso. El dolor y tiempos de recuperación no nos asustan, ser fea sí. Una vez que te apropias de ese miedo y se vuelve tu razón de ser, avanzar con métodos más extremos para lograr la meta es la decisión más lógica.
Parte de la genialidad del filme es que, a través de las reacciones y gestos horrorizados de Alma, nos recuerda lo terroríficos que son los procedimientos y torturas a las que nos sometemos voluntariamente para alcanzar el ideal de belleza. Por más que se califiquen de “primitivos”, resuenan y provocan horror porque se mantienen contemporáneos. Quizás ahora las rinoplastias son procedimientos menos dolorosos gracias a la anestesia, pero siguen partiendo la nariz en pedazos para moldearla. Tragarse un parásito para mantenerse delgada sonará radical, pero también es un consejo que leí y oí en repetidas ocasiones durante mi adolescencia, junto con dejar de comer o vomitar lo ingerido. Blichfeldt explora el ideal de belleza como fuente de terror y de poder, y cuestiona la narrativa salvadora alrededor de uno de los cuentos de hadas más influyentes en la cultura occidental.
Uno de los riesgos narrativos que la película toma es hacer que todos los personajes sean más complejos y cercanos a nuestras realidades. Agnes no es la dócil doncella que sufre por la maldad de su madrastra, también es cruel con su nueva familia. La nobleza de espíritu que proyecta el príncipe a través de su libro de poesía es una ficción creada para mitificarlo, y es igual de misógino y superficial que sus amigos. Rebekka es despiadada con todas sus hijas, motivada por la decepción que haber elegido mal a su último marido y no tener cómo asegurar su futuro. La caracterización de Elvira, una joven ingenua e insegura, vuelve creíble tanto su competencia con Agnes y su descenso a la locura racional que conlleva realizar modificaciones cada vez más extremas sobre su cuerpo.
Al estar basada en la historia de Cenicienta, sabemos el final desde el inicio. La frescura en esta adaptación está en que es honesta respecto al desenlace: Agnes obtiene lo que quiere –seguridad económica– por su belleza, no por ser una doncella noble y virginal que soportó infinidad de maltratos. La noción patriarcal dicta que solo hay una manera de ser hermosa –suerte genética– y es esta belleza la que triunfa al final, no la que se obtiene con sufrimiento constante. Además, advierte que esa obsesión por cumplir con los estándares y expectativas es una tragedia anunciada.
A diferencia de otras historias sobre mujeres autodestructivas, Blichfeldt tiene una mirada empática con su protagonista, y resalta el cariño y amor fraternal como fuente de salvación. Además, deja abierta una emocionante posibilidad en la promesa de libertad. Después de todo, ¿qué podrías hacer cuando ya no queda nada más por perder?

