Por Oralia Torres

Una mujer escucha a un hombre de su edad agradecerle por el trabajo que hizo para su televisora por décadas, aunque es momento de “dejarla ir”. Mientras ella tiene un coraje atorado en la garganta, él devora camarones. Entre bocados, le explica que se tienen que mantener atractivos y llamativos para las audiencias y que ella ya no lo tiene. Los camarones brillan con la grasa de la mantequilla y se alcanza a escuchar el sonido de los dientes al triturarlos. La mujer, actriz y presentadora de un programa de aerobics, le pregunta al hombre, productor de televisión, qué es lo que ya no tiene. El hombre se sorprende por la pregunta, y es incapaz de responderla. Ve que un conocido acaba de entrar y abandona la mesa para saludarlo. Ella permanece en la mesa, furiosa.
Esta secuencia de la película La sustancia, segundo filme de la directora francesa Coralie Fargeat (Revenge), expone una situación común para toda mujer más allá de los 25: ser descartada por la edad. El “brillo de la juventud” es la base de la industria del cuidado de la piel, de la industria del maquillaje y tintes de cabello, de los cirujanos plásticos que juran que un poco de bótox y silicón hará que te mantengas viendo joven, por lo que el desprecio hacia una misma, pensar que una no es suficiente, es esencial para mantenerlas circulando. Asimismo, aprendemos desde pequeñas a odiarnos, a cultivar una insatisfacción y desprecio hacia adentro, reforzada por una sociedad misógina y superficial. Esa idea es la que nos anima a buscar, probar y sumar a nuestras rutinas de cuidado sustancias peligrosas y experimentales, sin tener idea de las consecuencias a largo plazo porque lo que importa es verse fabulosa ahorita.
En la industria del cine, las mujeres mayores de 40 años son tradicionalmente relegadas a personajes secundarios – la mamá, la esposa, a veces la colega del trabajo -, y es apenas en años recientes que algunas actrices se volvieron productoras para realizar películas y series de televisión con papeles interesantes para mujeres mayores de 40 y 50 años. La historia ambientada en Los Ángeles de La sustancia se mantiene en el panorama más cerrado e ignora ese nuevo contexto para desarrollarse. Al cumplir 50 años, Elisabeth Sparkle (Demi Moore), una actriz en decadencia, encuentra un USB con una oferta faustiana: toma una sustancia para crear una mejor versión de ti misma, más joven, más sexy, más atractiva. La única condición es intercambiar lugares semanalmente y jamás olvidar que son la misma persona. El enojo al saberse desechada por su televisora —y, al parecer, ignorada por las audiencias— la impulsa a aceptar. Al inyectarse la sustancia, Elisabeth da a luz a Sue (Margaret Qualley), una mujer joven con pechos y culo perfecto, rostro liso y con una sonrisa coqueta en todo momento. Al notar que Elisabeth no hace nada con su semana, Sue comienza a robar más tiempo para ella, afectándo negativamente a su contraparte matriz. La confrontación, indirecta y directa, entre Elisabeth y Sue funciona porque al centro de ellas, en su médula espinal, hay un odio profundo hacia sí mismas y una obsesión enfermiza por ser el centro de atención.
Con la mirada cargada de rencor y desprecio hacia otros y hacia sí misma, Moore realiza una interpretación increíble, dándole profundidad y personalidad a un personaje limitado, que conocemos a través de su fijación por el estrellato. El guion confía en que la audiencia conoce la trayectoria de actrices que “desaparecieron” después de Cierta Edad y el trabajo de Jane Fonda como instructora de aerobics en los 80, y le da amplio espacio a su protagonista para habitar un personaje retador. Qualley hace una brillante contraparte al ser un espejo del personaje de Moore, con la energía e impaciencia propia de la década de los 20, que te hace querer devorar al mundo sin importar cómo afectas a los demás. Al observar los cuerpos y presentaciones de Elizabeth y Sue, con close-ups constantes al rostro con trazos de bótox y el cuerpo flácido de Moore, y al trasero y pechos firmes de Qualley, la cámara imita la mirada masculina para satirizar esta percepción —técnica que Fargeat ya había puesto a prueba en Revenge—, las limitaciones que imponen sobre las mujeres (atractivas, por supuesto; las que no lo son ni siquiera aparecen en su imaginario) y lo fácil que es reemplazarlas por un modelo más fresco.
La sustancia observa y resiente la mirada masculina, la forma en que determina y orquesta la manera en que vemos todo lo que nos rodea, en especial a nosotras mismas y cómo nos vemos y criticamos en el espejo. Debajo de la brillante, suave y delicada superficie hay una furia y cinismo a lo largo del filme: desde la primera hasta la última vez que vemos a Elizabeth, Fargeat referencia el trabajo temprano de David Cronenberg, ¿Qué pasó con Baby Jane? (1962, dir. Robert Aldritch), En mi piel (2002, dir. Marina de Van) y la estética de Stanley Kubrick para exponer y ridiculizar las expectativas y estándares imposibles de belleza impuestos en las mujeres que las personifican al estirar los límites corporales. Si la constante objetificación de las mujeres nos hace preguntarnos, en nuestros momentos más reflexivos y oscuros, si solo somos bolsas de carne para el consumo de los hombres, si solo nos debemos a adaptarnos, mejorarnos y mantenernos bajos las rígidas estructuras de trabajo y belleza, si solo somos comida o sexo —pregunta clave en The Neon Demon (2016, dir. Nicolas Winding Refn)—, Fargeat responde en el tercer acto de forma grotesca y divertida. ¿Somos solo una bolsa de carne? ¿Solo somos una cara bonita, digna de ser una estrella, por tiempo limitado? Ok, ça va.
