Crítica de «El diablo viste a la moda 2»

Por Oralia Torres

El diablo viste a la moda pero no sabe a dónde ir tan guapa

En el 2006, pocos apostaban a que la adaptación al cine del best-seller de Lauren Weisberger, El diablo viste de Prada, fuera a tener éxito. En Variety, Todd McCarthy planteó que la vara estaba casi en el suelo al escribir que, al estrenarse «con audacia como contraoferta frente a Superman Returns, la producción de Fox conectará muy bien con mujeres de todas las edades y debería mantener un sólido desempeño en taquilla a lo largo del verano». Dirigida por David Frankel y escrita por Aline Brosh McKenna, la película fue promocionada como una chick-flick cualquiera, centrada en la aspiracional industria de la moda y editorial: en aquellos años (y un poco aún hoy), el término chick-flick se usaba indiscriminadamente contra todas las comedias protagonizadas por mujeres, centradas en romance o no.  

En ese momento estábamos acostumbradas a que las protagonistas de comedias podían darse el lujo de hacer a un lado su trabajo fácilmente en lo que se enfocaban en recuperar su vida amorosa. En su artículo de 2019 The Devil Wears Prada pulls off the perfect romantic comedy look, even though it really isn’t one, Caroline Siede desmenuzó la propuesta estética y temática de ese género y, como indica el título, señala lo sorprendente y refrescante que era que una película con el tono de las chick flicks no estuviera centrada en el amor. The Devil Wears Prada omite el romance para centrarse en la relación laboral entre una joven periodista y su despiadada jefa en la revista de moda más importante de Estados Unidos. Protagonizada por Anne Hathaway, Meryl Streep, Stanley Tucci, Adrian Grenier y Emily Blunt (en su segundo rol en el cine), la película fue un éxito comercial porque, al centro, es una historia enfocada en cómo una jefa demandante puede poner a prueba tu ética laboral y tu esencia como persona

La secuela llega veinte años después, y se plantea en el infernal escenario profesional contemporáneo —que incluye incertidumbre laboral y constantes amenazas de despido, la proliferación de noticias falsas, falta de rigor en la prensa, el cambio hacia video y contenido sobre la escritura, la imposición de las IAs en los medios de comunicación, por mencionar algunas. Después de un mal paso con un artículo que posiciona positivamente una marca de fast fashion (controversial en la industria de la moda debido a las evidencias de explotación, contaminación y abaratamiento de las marcas), Miranda Priestly (Streep) se ve obligada a trabajar nuevamente con Andy Sachs (Anne Hathaway), quien regresa a Runway para rehabilitar la imagen del ahora medio digital. Entre los personajes que regresan están Nigel (Tucci), director de arte, Emily (Blunt), ahora como ejecutiva de Dior, y Lily (Thoms), galerista y mejor amiga de Andy. La historia se adentra en nuevos puntos de crisis: además de las fuertes ansiedades económicas que abruman a sus protagonistas, hay financieros que no le ven valor a las artes estéticas y tech bros que quieren comprar su presencia en la industria de la moda.

El encanto de esta película está en que sigue la misma estructura de la original y actualiza a todos los personajes junto al contexto. Andy, por ejemplo, cambió casi por completo a su círculo de amigos por uno que la apoya emocional y laboralmente. La historia brilla al reconocer y celebrar a las mujeres que deciden dedicar su vida a su trabajo y que disfrutan hacerlo, sin pensar que eso es algo temporal en lo que encuentran al amor de su vida. Es agridulce verlo en pantalla, en una secuela de legado, precisamente porque se queda atrás en las discusiones contemporáneas (que ocurren en redes sociales, newsletters y columnas de opinión) sobre trabajo, beneficios laborales y la posibilidad de ganar dinero de hacer lo que disfrutas. Además, aunque la historia refleja lo que está pasando en el mundo editorial y periodístico contemporáneo, que incluye el desplome de popularidad de los medios impresos y la pérdida de interés en el periodismo en sí, la perspectiva es tímida en su acercamiento, cayendo en parodias sencillas y sin filo. Por otro lado, la película tiene un enorme problema llamado Emily: si en la primera era un reflejo de lo que Andy podría ser, más un símbolo que un personaje completo, en la secuela es uno sin identidad ni deseos propios, de manera que pareciera que sobra dentro de la historia central. El guion flaquea al reunir a la banda original porque no encuentra qué hacer con esos personajes secundarios ni cómo probar su madurez.  Es maravilloso ver a Blunt de nuevo en el rol, pero su personaje paga un precio alto por ser incluida. 

Como buena secuela de legado, hay infinidad de referencias a su antecesora. Los brillantes vestuarios están cargados de texturas y patrones, quizás para compensar que la iluminación y cinematografía es opaca y para plantear una distancia económica y estética con los antagonistas. La película, con un tono optimista y reconfortante, se siente como un viejo abrigo que habías olvidado que te quedaba increíble. Empero, entre ropa de diseñador, locaciones fantásticas y un reparto increíble, se siente desorientada: aunque se balancea entre los problemas éticos de sus personajes y el glamour de su industria, está indecisa respecto a qué historia quiere contar. ¿Es sobre combinar tu trabajo soñado con la practicidad de un salario fijo? ¿O sobre lo mucho que cuesta llegar a la cima? ¿Es sobre crisis de identidad? ¿Solo sobre buscar al mecenas ideal? ¿O será la primera película que enuncia lo mucho que le gusta trabajar a algunas mujeres? Su significado está abierto a la interpretación, y quizás sea lo más valiente que podría permitirse ser

Con infinidad de cameos, El diablo viste a la moda 2 es una encantadora secuela que destaca por igualar la calidad de la película original, con una escala de grises en su narrativa mientras es tímida para criticar los nuevos escenarios con la misma mordacidad que solía tener.

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